
Nosotros, el ser humano en general, tenemos un problema muy serio. Durante siglos, hemos vivido con tal temor a lo trascendente (o falta de él), que nuestros ojos sólo se han acostumbrado a la cegadora luz de un rompimiento de gloria. Toda nuestra historia se ha desarrollado subordinada a algo que está más que fuera de nuestro alcance, que por lejano únicamente somos capaces de ver con la razón. La obsesión por el amor y el odio al mundo perfecto que nos espera ha sido la base de todas las atrocidades, todas las injusticias que hemos cometido. No podemos culpar a nadie salvo a nosotros mismos.
El amor a lo trascendente nos arrebata la libertad, y lo mismo hace el odio hacia él, ya que la no-creencia de algo conlleva el hambre pantagruélico de asesinar y despedazar aquello en lo que no se cree (Algo un tanto irónico. ¿Cómo odiar algo en lo que no se cree?). Como dice un filósofo de nombre complicado, queremos "matar a Dios" o ,en el otro caso, engrandecerlo en su mayor exponente. Pero, para variar, nos hemos equivocado en los métodos. Matar a Dios no puede conllevar matar a personas. Maximizar la figura de Dios a través de la muerte también es algo más que repugnante. Es increíble la necedad que nos ha caracterizado al darle tantísima importancia a algo que no sabemos si existe o no.
Como suelo decir: Ya que vamos a ir al Infierno, hagamos de la Tierra un Paraíso. Olvidémonos de Dios y vivamos, no creo que a Él le importe que queramos ser felices mas allá de un posible Juicio.

