miércoles, 6 de octubre de 2010

Paradise Circus

Me muevo. Aún no ha empezado la música, pero empiezo a bailar. Siempre es la misma coreografía. Me acerco a la barra y cuando me agarro a ella una melodía horrible suena. Siempre he odiado esa canción, pero el trabajo apremia. Ahora comienza el verdadero espectáculo. Me muevo, ahora con más calma, al ritmo de la melodía horrible. Bailo con el erotismo que sólo la tristeza puede mostrar. Soy una bailarina triste, como se debe ser si quieres dinero. Para ganarse la vida con el baile erótico, no puedes ser feliz. Eso no pone cachondos a los hombres que vienen a vernos. Precisamente hoy hay un solo cliente. Nunca le he visto la cara, y a juzgar por el traje, debe ser un hombre de negocios. Me mira. Yo, no. Eso les gusta más. Lo sé, puedo leer la mente de ese hombre. Quiere un alma desvalida, que se arrastra de forma sensual por un puñado de billetes. Y eso le doy.
La melodía horrible acelera el ritmo, y yo me muevo con más energía. Paso de la tristeza pasiva a la rabieta. “¡No quiero ser bailarina de striptease! ¡Esto es denigrante!”, digo con mis caderas y mis pechos al descubierto. “Pobre chica”, piensa el empresario mientras me folla literalmente con los ojos, “¿Cómo ha acabado una muchacha tan mona en un sitio así?”. Y, con movimientos estudiados, le cuento una historia. MI historia inventada. La música va fundiéndose poco a poco con el aparente silencio de un club de striptease y, por primera vez, miro a mi cliente a los ojos. Le miro descaradamente. Y él, complacido, me pide con gestos que me acerque y me da un billete de 100.

- El resto te lo doy luego – me susurra al oído.

Hoy he tenido suerte.

miércoles, 25 de agosto de 2010

El hombre que llamaba a Teresa, de Italo Calvino

Bajé de la acera, di unos pasos hacia atrás mirando para arriba y, al llegar a la mitad de la calzada, me llevé las manos a la boca, como un megáfono, y grité hacia los últimos pisos del edificio:
- ¡Teresa!

Mi sombra se espantó de la luna y se acurrucó entre mis pies.

Pasó alguien. Yo llamé otra vez:

- ¡Teresa!

El hombre se acercó, dijo:

- Si no grita más fuerte no le oirá. Probemos los dos. Cuento hasta tres, a la de tres atacamos juntos. - Y dijo -: Uno, dos, tres. - Y juntos gritamos -: ¡Tereeesaaa!


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Pasó un grupo de amigos, que volvían del teatro o del café, y nos vieron llamando. Dijeron:

- Ale, también nosotros ayudamos.

Y también ellos se plantaron en mitad de la calle y el de antes decía uno, dos, tres y entonces todos en coro gritábamos:

- ¡Tereeesaaa!

Pasó alguien más y se nos unió, al cabo de un cuarto de hora nos habíamos reunido unos cuantos, casi unos veinte. Y de vez en cuando llegaba alguien nuevo.

Ponernos de acuerdo para gritar bien, todos juntos, no fue fácil. Había siempre alguien que empezaba antes del tres o que tradaba demasiado, pero al final conseguíamos algo bien hecho. Convinimos en que debía decirse bajo y largo, agudo y largo, bajo y breve. Salía muy bien. Y de vez en cuando alguna discusión porque alguien desentonaba.

Ya empezábamos a estar bien coordinados cuando uno que, a juzgar por la voz, debía de tener la cara de pecas, preguntó:

- Pero ¿está seguro de que está en casa?

- Yo no - respondí.

- Mal asunto - dijo otro -. ¿Se había olvidado la llave, verdad?

- No es ese el caso - dije -, la llave la tengo.

- Entonces - me preguntaron -, ¿por qué no sube?

- Pero si yo no vivo aquí - contesté -. Vivo al otro lado de la ciudad.

- Entonces, disculpe la curiosidad - dijo circunspecto el de la voz llena de pecas -, ¿quién vive aquí?

- No sabría decirlo - dije.

Alrededor hubo un cierto descontento.

- ¿Se puede saber entonces -preguntó uno con la voz llena de dientes- por que llama a Teresa desde aquí abajo.

- Si es por mí - respondí -, podemos gritar también con otro nombre, o en otro lugar. Para lo que cuesta.

Los otros se quedaron un poco mortificados.

- ¿Por casualidad no habrá querido gastarnos una broma? - preguntó el de las pecas, suspicaz.

- ¿Y qué? - dije resentido y me volví hacia los otros buscando una garantía de mis intenciones.

Los otros guardaron silencio, mostrando que no habían recogido la insinuación.

Hubo un momento de malestar.

- Veamos - dijo uno, conciliador -. Podemos llamar a Teresa una vez más y nos vamos a casa.

Y una vez más fue el , pero no salió tanbien. Después nos separamos, unos se fueron por un lado, otros por el otro.

Ya había doblado las esquina de la plaza, cuando me pareció escuchar una vez más una voz que gritaba:

-¡Tee-reee-sa!

Alguien seguía llamando, obstinado.

domingo, 22 de agosto de 2010

Bienvenido a casa

Mi café humeaba, dibujaba líneas incoherentes. De un lado a otro, girando sobre sí mismo. Junto a la taza de café se encontraba mi cuaderno, mirándome. Nada. No salía nada. Levanté la vista y ahí estaba Él. Estaba en una jaula gigante, tan alta como el techo de mi habitación. Mi miraba con cierta curiosidad y con descaro.
- ¿Cómo va? – me preguntó
- Mal, ¿no lo ves?
- Deja de ser tan borde conmigo.
No pretendía serlo. De verdad que no. Al fin y al cabo, Él ha sido un compañero fiel. Siempre ha estado ahí, a pesar de todo. Siempre estaba ahí, a pesar de ser Él quien provocaba todo lo malo. Al menos merecía un poco de respeto.
- Sácame de aquí.
- Sabes que no puedo – contesté- Sabes que no puedo.
- Pero quieres. Si no fuera así, yo no estaría en una jaula.
- Estarías muerto. Si de mí dependiera, estarías muerto.
Intentaba sonar amenazante, pero claro, Él me conoce muy bien y sabe que mi tono quebrado es una señal más que clara de que algo dentro de mí estaba pasando.
- No te quiero aquí – concluí
- Échame.
- ¡No puedo, Ares!
- ¿Porque aún me quieres? ¿Qué te queda sino mi amor? No eres consciente de lo que tienes. No quieres ver que este es tu estado natural.
- Quererte a ti significa odiarme a mí mismo. No voy a volver a mi estado natural porque ya no lo es. Ya no.
Ares paseaba por su jaula. Dos pasos a la izquierda, dos pasos a la derecha. Dos pasos a la izquierda, dos pasos a la derecha… Me miraba divertido. Sabía que disfrutaba con esto.
- Sácame de aquí – repitió – No será igual que antes, te lo prometo.
- Tú nunca prometes nada.
- Prometo esto.
Y lentamente, me levanté a por las llaves que tenía escondidas con la esperanza de olvidar dónde las dejé. No sería justo decir que no dudé. Pero… Él en sí mismo es una duda constante, lo consideré algo natural.
- Eres el culpable de todo lo malo que me ha sucedido, ¿lo sabes? – dije mientras abría la puerta – Eres dolor en estado puro.
- Lo sé, mi amor, lo sé.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Perdón

Esto es una declaración, no de amor,
Sino de disculpas.
Te voy a pedir perdón por las veces
Que he dudado y dudaré.
Te voy a suplicar tu perdón por no
Cantar tus alabanzas todos
Los días, todos los minutos.

Te pido perdón como aquél que
Te hace o puede hacerte daño.
Como el que se divierte jugando
Con la mente del que de verdad
Te quiere. Él te quiere, ¿lo sabes?
Toda mi dualidad, mi violencia
Lo siente.

Porque si no eres lo mejor
Que me ha pasado en la vida,
Eres lo mejor que le ha pasado a
Esta ciudad vacía y ciega.

Hoy soy yo, el otro yo, quien
Entrará en este cuerpo,
Cansado de ser huésped de
Tormentas sin lluvia.
O, tal vez, me conforme con
Recordar tu voz para,
Así, dormir en paz.

De veras que lo siento.
Él te quiere. Te adora.
Cuida de él.
Yo me voy... Por ahora.

jueves, 11 de febrero de 2010

Ojos

Tengo en mi cabeza dos preguntas.
Las llevo con vergüenza, dos
Interrogantes que ensombrecen mi cara,
Como dos largos minutos en una hora
Demasiado corta.

Y tú, tú tienes dos respuestas.
Dos luces vivas, intermitentes y serenas.
No necesito más, no quisiera menos.

Porque es mirarte y comprender
Que no podría requerir más.
Porque sólo fundiendo mis preguntas,
Tus preguntas, mis respuestas
Y tus respuestas…

Sólo así soy feliz.

lunes, 18 de enero de 2010

El hombre que frenaba el tiempo

Me he dado cuenta de que el tiempo
va más lento desde que has aparecido.
Y eso debe ser bueno.

Me he percatado de que sólo deseo
Entrar en el templo profano de tu cuerpo,
Para poder quererte sin prisas,
Sin más preocupación que saborear
El maná de tus labios, lengua y paladar.

Todo es raro, y nada lo es.
Debe ser que te quiero, o que mi
Sitio estaba en el limbo del tiempo congelado.

No es la hora en la que no soy nadie,
Ahora lo soy todo, y todo es mío.
Ya no estoy en el silencio mirando a la nada
Desde la casa del poeta. Me he despojado
De mi yo. O al menos me he olvidado de él.

Me he dado cuenta de que el tiempo
Va más lento desde que has aparecido.
Y eso debe ser bueno.

Debe ser bueno…
Supongo, espero, deseo, muero por que sea bueno.
Eres el hombre que frena el tiempo.
Eres el hombre que frena el tiempo…
Eres el hombre que quiero.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Después de meses....

Fue una mañana de otoño. Una mañana tan típica como cualquier otra. Las calles del pequeño pueblo de ¿? olían a castañas asadas, las madres empezaban a obligar a sus hijos a llevar la cazadora para ir al colegio y el grajo volaba cada vez más y más bajo. Tal vez fuera por esa misma razón. Quizás el frío congeló los cerebros de los habitantes de ¿?, pero no es menester el aventurarse en hipótesis. Lo importante es lo ocurrido. Mi misión como narrador es contar este curioso hecho.
Fue una mañana de otoño cuando todo el pueblo de ¿? se enamoró simultánea y perdidamente de la joven Begoña.
Todos, sin excepción: desde el panadero hasta el mismísimo alcalde; mujeres, hombres, adultos y niños; entre ellos había gente que ni siquiera conocía a la joven, pero alguna fuerza los empujó a perder la cabeza por ella. No hubo persona en ¿? que se despertara esa mañana y no dedicara su primer pensamiento. Obviamente, a algunos les resultó muy extraño, sobre todo a aquellas que no sabían de la existencia de Begoña, pero no quisieron prestar mucha atención. Aunque, como ya sabemos, el amor es un insecto bastante molesto a veces, y la sombra de la muchacha no abandonó a nadie. Y así pasó el primer día de aquel anecdótico caso.
Al primer día le siguió el segundo, y el tercero… y así pasó una semana. Muy poca gente se atrevió a hacer público sus sentimientos, sólo algún caso aislado sin mucha importancia. La calle donde vivía Begoña se volvió un poco más concurrida y ruidosa. Parecía que a mucha gente le venía de paso, a pesar de que Begoña vivía casi en las afueras del pueblo. Tras la primera semana, las sospechas empezaron a aumentar, especialmente en Jacinta, la pescadera, cuyo establecimiento estaba cerca de la casa de Begoña:
- Los jueves. Todos los jueves me encuentro esto lleno o muy lleno. Y damos a basto porque no te creas que todos compran, no. Solo vienen a ver o yo qué sé, a esperar. Pero vienen también las que ya no venían, vienen los que no frecuentan ya.
- ¿Y eso? – le decían las vecinas que casualmente iban a verla.
- Dímelo tú. O mejor... no me lo digas porque lo sé. Es porque viene la guapa. Pongo la mano en el fuego y la vuelvo fría.
- Begoña.
- Hablamos la misma palabra. La Begoña me los vuelve locos. He visto gente desde muy temprano esperando nada en la puerta, sólo para ver si ha venido ella. Sé que la esperan a ella. Esperan a que venga la guapa, entonces entran, compran nada y se van. Les gusta ver cómo manosea el pescado, con esas manos finas que tiene.
- ¿Lo toca?
- Le dejo porque tiene la mano fina. Es buena, y es limpia. Nadie se queja de que lo toque. Y voy a seguir: el pescado que ella toca lo compra la de al lado.
- Sí, se le ve limpia… y muy guapa. Anda, dame unos lenguaditos de ahí.

No tardaron mucho los habitantes de ¿? en darse cuenta de lo que ocurría. Todas las conversaciones en el mercado, las peñas de fútbol y en el colegio trataban de lo mismo, y los pueblerinos encontraron un tema en común. Este curioso hecho se llevó a debate en una reunión extraordinaria en el ayuntamiento, pero la ceguera provocada por el amor hacia Begoña llevó a que se aprobara el levantamiento de una estatua de la joven en la plaza del pueblo. Gregorio, un vecino que había estudiado en talleres imagineros de la capital, se ofreció a esculpir en madera una imagen. Cuando terminó, colocaron la escultura en el lugar acordado. Muchos criticaron al imaginero aquel día:
- Míralo, el artista de la capital. Tanto tiempo allí sólo ha hecho que su único talento sea hacer vírgenes.
Cierto era que la escultura se parecía sospechosamente a las dolorosas de Semana Santa, pero eso no impidió que al día siguiente tuvieran que cercar la figura de madera, ya que amaneció manchada tras el asalto de algún amante desesperado.

La situación empezó a adquirir toques algo más preocupantes cuando aparecieron los celos. Las peleas se hicieron cada día más comunes entre los vecinos por ver quién era el más adecuado para Begoña, la cual, por cierto, se había encerrado en su casa. Eso entristeció a todos y a algunos los llevó a la desesperación. Una mañana, tres hombres y una mujer acabaron con su vida, cada uno a su manera, pero todos dejaron la misma nota de suicidio: “Amo a Begoña” (curioso es también el hecho de que uno de ellos escribiera el nombre de su amada con v).
A los vecinos esta situación les preocupaba más a medida que pasaba el tiempo. Ya podían escucharse en las calles las acusaciones de brujería, acusaciones que tomaron fuerza al saberse que entre los afectados había gente que ni siquiera era del pueblo, si no que pasaban por el pueblo con destino, posiblemente, al pueblo vecino o a cualquier otro lugar.
Habían pasado 4 meses ya, y los problemas entre los habitantes de ¿? crecían. Un día se organizó una reunión espontánea en el recinto ferial para intentar poner algo de orden en el pueblo. Los habitantes se dividieron en dos grupos claramente diferenciados: los que seguían idolatrando a Begoña por encima de todo y los que, a pesar de ello, sólo deseaban que ese “hechizo” terminara.
- ¡Hay que acabar con esto de una vez! – gritaban unos
- ¡La Begoña es lo mejor que le ha pasado a este pueblo! – clamaban otros
El ambiente se caldeó de tal manera, que los que odiaban su amor por Begoña se dirigieron como una jauría a asaltar la casa de la muchacha. No tardaron en ser bloqueados por el otro grupo a pocas calles de su destino. Y ahí, en ese lugar y en ese momento, se organizó una auténtica batalla campal. Puñetazos, patadas, bastonazos, mordiscos y tirones de pelo por todas partes. Los hijos pegaban a sus padres, los matrimonios se daban estopa entre ellos con saña. La sangre corrió por las calles de ¿?, y todo por amor. Nadie en el pueblo se preocupó más que por sus propios sentimientos, de forma egoísta. Actuaron como animales: torpes, irracionales y de forma pasional. Actuaron como enamorados.
Tras el incidente, la misma Begoña dejó el pueblo. Cogió sus cosas y se largó sin decir nada a nadie. Algunos vecinos creen haberla visto, llevando consigo nada más que una humilde maleta, un discreto vestido y un pañuelo colocado sobre la cabeza, pero fue vista en diferentes sitios a horas casi idénticas. Al principio, todo el pueblo se sumió en una tristeza colectiva. Incluso estuvieron a punto de convocar tres días de luto oficial, como si la pérdida de Begoña fuera eterna, pero hicieron un esfuerzo por pensar con racionalidad.
Lo más extraño es que, pasados unos días, el pueblo pareció olvidarse de todo. Recordaban todo lo ocurrido, pero aquel sentimiento que empujó a todo el mundo a dejarse llevar por el amor se había desvanecido de sus corazones. Cada uno siguió con su vida: el panadero se levantaba todos los días antes que nadie para preparar el pan de cada día; el alcalde seguía prevaricando y siendo un buen corrupto; Jacinta vendía su pescado (aunque menos que durante el tiempo que todos amaban a Begoña) y Gregorio esculpía y restauraba figuras de vírgenes, cristos y santos. Tan repentino como apareció, el amor se fue, dejando sólo una pequeña huella en forma de recuerdo borroso.











[GRACIAS A KARIM POR ESCRIBIRME LA CONVERSACIÓN ENTRE JACINTA Y LA VECINA. ES EL MÁS GRANDE CON LOS DIÁLOGOS DE MARUJAS!!! :D]